Delicias de Salón
Entramos en la Tabacalera sin saber exactamente lo que nos vamos a encontrar. La programación decía……., instalación teatral. Cuando llegamos ya es tarde para entrar en la sesión de las nueve, así que nos apuntan en la lista de espectadores para la “función” de las diez. A las diez en punto nosotros, junto a un montón más de potenciales espectadores, estamos en el patio central de la Tabacalera esperando a que algo pase. El qué no se sabrá hasta que unos minutos después los actores comiencen a salir de su escondite y elijan a los que serán sus primeros espectadores de la noche. Nos dan la mano y nos conducen al interior de unas pequeñas carpas blancas. Cuando yo llego, los espectadores que compartirán conmigo esta experiencia teatral están ya allí. Son cinco: la chica joven que viene acompañada de un señor inglés, un joven rapado, una mujer rubia y otra chica con aires bohemios. No sabemos qué va a pasar ni cuándo pasará. El actor que nos ha elegido entra. Empieza a hablar, cuenta una historia. Está cerca de nosotros, tan cerca que en la ruptura de barreras entre actor-espectador el espectador se ve intimidado y, aunque sienta con mayor intensidad, se ve incapacitado para expresar sus emociones. Sólo silencio. Un solemne y duro silencio. Suena una campanilla. El actor se va, entra una chica, otra nueva historia. Una foto entregada a uno de los espectadores. Es fácil sentir la comunión del sentimiento, sin embargo tanta luz, tanta cercanía, tanto intento de verdad en la experiencia nos incapacitan, en cierto modo, para transmitir nuestras emociones mientras las vamos experimentando. Campanita, nuevo actor, nueva historia, así hasta seis veces. Cada actor entra en la carpa, se sienta en el taburete blanco cercano a nosotros y nos cuenta algo. Una historia, una reflexión, algo. Ese algo, narrativo o no, está cargado de sentimientos y sensaciones multiplicados por mil gracias a la interpretación y la cercanía. Pero allí estamos, inmóviles, algún comentario, alguna sonrisa, algún movimiento de cabeza ante el monólogo que no sabemos si requiere por nuestra parte respuesta. Dudamos, sentimos y asentimos. Campanita final y salimos de allí suponiendo que cada actor interpretaba una parte y que iba cambiando de carpa para hacer en cada una lo mismo. Pronto descubrimos que no, que en verdad se trataba de una misma historia siendo contada a la vez por personas distintas en distintos lugares pero en todos a un tiempo. El público sonríe y aplaude. Encontramos de nuevo a nuestros amigos y preguntamos que qué tal. Pese a que nadie puede explicarte el exacto porqué, todo el mundo dice que bien, que muy bien. Quizá porque el texto era pura poesía, quizá por la cercanía, quizás por las sensaciones creadas que te dejaban flotando en una nube y no hasta mucho tiempo después conseguías bajar a tierra.
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